Escuchar a Angela Davis también debería implicar escuchar a quienes están intentando decir que algo no está bien.

La visita de Angela Davis a la UNAM fue sin duda, un acontecimiento importante y revelador. El conversatorio Abolición, feminismo, ¡ahora! reunió a cientos de personas para escuchar a una de las figuras más importantes del pensamiento feminista y abolicionista contemporáneo.

Antes de que comenzara la charla, una manifestación tomó fuerza dentro del evento.

Un grupo de estudiantes subió al escenario para denunciar distintas problemáticas de la universidad, entre ellas los asesinatos de mujeres en Santa Martha Acatitla y situaciones de represión dentro de la institución. En la transmisión en línea, prácticamente no se podía escuchar lo que estaban exigiendo, pues el audio de la protesta fue reducido hasta hacer imposible seguir sus demandas.

Dentro de la sala, la reacción fue pedirles que se callaran y dejaran hablar a Angela. Se insistió en que había costado mucho trabajo conseguir su presencia en la UNAM y que había que aprovechar el momento.

Y sí, es cierto. Pero ¿por qué escuchar a Angela Davis tenía que significar dejar de escuchar a quienes estaban protestando?

Me pareció especialmente contradictorio porque la presentación de Davis, a cargo de Rosa Beltrán, estuvo llena de halagos hacia su activismo, su escritura y su trayectoria como una mujer intelectual, política y desafiante, crítica del capitalismo y de las estructuras de poder.

Es aquí donde me permito hacer una pausa: es curioso la manera en que la UNAM honra estos valores cuando están representados por Angela Davis, pero no necesariamente cuando aparecen en sus propios estudiantes. Durante la protesta, la actitud de Rosa Beltrán me pareció sumamente apática y, por momentos, incluso de desdén hacia la comunidad que estaba ahí exigiendo ser escuchada.

También llama la atención la intervención de Amneris Chaparro, quien dijo: “no voy a dejar que un vato me diga qué hacer”. La frase fuera de contexto, puede entenderse como una postura feminista de gran valor. El problema es que ella era la autoridad del espacio. No era simplemente una mujer frente a un hombre: era una autoridad frente a un integrante de la comunidad que estaba protestando.

El problema no era solamente quién era el manifestante, sino quién tenía el poder de decidir qué se escuchaba.

Reducir el patriarcado a una pelea entre hombres y mujeres también puede hacernos olvidar la complejidad de las relaciones de poder: quién tiene el micrófono, quién controla el espacio, quién decide y quién puede ser silenciado.

El joven eventualmente tenía que bajarse del escenario, eso lo sabemos. Pero eso no significa que sus demandas dejaran de ser legítimas. Y resulta aún más contradictorio porque durante el conversatorio Angela Davis dijo algo que me parece fundamental: no todo es abolir, también hay que construir.

Transformar las relaciones de poder hace cordada con replantearnos cómo ejercemos la autoridad y cómo construimos comunidad.

Incluso hubo un detalle que me pareció importantísimo: Ángela tuvo que presentar ella misma a Gina Dent como su pareja de años y explicar que era importante nombrarlo, mientras que la presentadora se había limitado a llamarlas “compatriotas”.

Nombrar también es reconocer.

Por eso, más allá de lo que dijo Angela Davis, quisiera enmarcar la contradicción de lo ocurrido alrededor de ella. La UNAM celebró a una mujer por ser crítica, incómoda y desafiante. Pero cuando esas mismas características aparecieron dentro de su propia comunidad, la respuesta fue pedir silencio.

Nuestra responsabilidad como activistas siempre será investigar, ser críticos y, sobre todo, ser humanos. Escuchar (y leer)  a Angela Davis también debería implicar llevar su teoría a todos los espacios y aplicarla en ellos: escuchar a quienes, desde la propia universidad, están intentando decir que algo no está bien.

Me atrevo a retomar lo que Rosa Beltrán mencionó durante la protesta, casi con menosprecio hacia quienes estaban ahí: “Deberían saber quién es Angela”. Sabemos quién es Angela Davis. Sabemos lo que representa su lucha. Y precisamente por eso también sabemos que todo espacio es político y que todo espacio puede convertirse en un lugar de manifestación.

No hay acto más político que el que pudimos presenciar ayer: una comunidad interrumpiendo un espacio institucional para exigir ser escuchada.

La propia Angela Davis ha dicho que “el primer trabajo del activismo radical es generar esperanza, persuadir a la gente de que un mejor mundo es posible”. Seguramente escuchar esa protesta, en lugar de intentar silenciarla, también habría sido una forma de poner en práctica aquello que la UNAM estaba celebrando.


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