Ismael Burgueño tuvo un escaparate que pocos políticos locales logran: sentarse frente a Joaquín López-Dóriga en una entrevista de alcance nacional. Era la oportunidad ideal para hablar de sus resultados, de su trayectoria y de por qué él debería encabezar el proyecto de Morena en Baja California.
Sin embargo y como era de esperarse prefirió hacer otra cosa.Durante la entrevista se dedicó a presumir la fuerza de Morena en el estado, sus triunfos electorales y la supuesta ausencia de una oposición competitiva. Recurrió una y otra vez al discurso de la transformación y a los principios que sostienen al movimiento, paradójicamente mismos principios que él no practica pues es sumamente fácil para él repetir la filosofía de Morena sin equivalente a vivirla.

Burgueño puede hablar de “pueblo”, de unidad y de los ideales del movimiento, pero una cosa es memorizar el discurso y otra muy distinta es demostrarlo con hechos.
Cuando López-Dóriga abrió la puerta al preguntar en los primeros segundos de la entrevista si Brugueño quería ser gobernador de Baja California, a lo que respondió nervioso y muy titubeante que “ se toman decisiones… ya cuando se dan las cosas”. Subestimando fuertemente a los bajacalifornianos, como si sus visitas en distintos puntos del estado no fueran claramente una demostración de campaña política.

El noticiero le abrió el espacio para hablar de sí mismo, pero Burgueño se refugió de nuevo en la marca del partido. Habló de lo que ha ganado Morena, de su poder electoral y de que “no tiene oposición”, pero apenas explicó qué ha hecho él personalmente para merecer convertirse en uno de los principales rostros políticos de Baja California.
Eso resulta especialmente revelador viniendo de alguien que aspira a encabezar un proyecto. Si para venderse necesita apelar a los logros colectivos del partido (colgándose de ello) y no puede argumentar con la misma contundencia los propios, entonces está confundiendo los méritos de Morena con los suyos.
La entrevista no era un espacio cualquiera, fue sumamente calculado. Era la chance de salir de la política local y presentarse ante una audiencia mucho más amplia con una visión propia de Baja California. En lugar de eso, Burgueño eligió el camino más fácil: presumir que está parado y refugiado sobre una marca electoral fuerte.
Ahí está la contradicción que constantemente vemos en sus discursos; hablar de la filosofía morenista, pero actuar conforme a los principios que presumen es otra historia.
Hemos hablado en notas anteriores (insertar nota) que si Burgueño quiere presentarse como el rostro de la transformación en Baja California, tendrá que demostrar que no solo sabe repetir el discurso frente a las cámaras, debe recuperar la integridad, saber ser líder y sobre todo aplicar los valores de morena cuando nadie se lo está preguntando.
Al final, la entrevista dejó una pregunta incómoda para el aspirante: ¿qué queda de Ismael Burgueño cuando se le quita el apellido Morena?
Por ahora, la respuesta parece mucho más débil que el discurso que llevó al programa de López-Dóriga.

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