La crónica de una fatiga: colectividades artísticas en México, 1976–1985

Se puede inferir que era temprano, el reloj sonaba y el trabajo exigía levantarse una vez más tras una semana laboral que no dio tregua. Son las seis y media, ¡un asco levantarse a las seis y media un domingo! Me incorporé, tomé un baño y al salir veo que me quedan veinte minutos exactos para estar en el trabajo, situado a once kilómetros y medio de la casa. De nuevo sin desayunar. Me vestí, tomé la computadora, catafixié libros del librero y lo metí todo en la mochila. Un aguacate y dos plátanos, con esto aguanto. ¡Carajo, hoy no abren la tortillería! Conduje al alba, el sol estaba justo en el horizonte al bajar la avenida. Los árboles quietos, la calle dorada y el silencio silbaba. Todo quieto, todo me recibía al transitar por las calles de esta ciudad cansada. No llego ni de chiste, debí de levantarme antes.

Seis horas de hablar de puros lacras cobran factura, más cuando a tus alumnos les importa un bledo. Si supieran lo importante que es la Decena Trágica para entender la historia de este país. ¿A cuánta gente le importa Bad Bunny en el Super Tazón? Más de a la que debería… 

¡Al MUAC, cuántos mamotretos hay y no había!, no recuerdo ninguno de los que yacen alrededor. El tráfico tiene, por lo menos, la decencia de permitirnos contemplar la vista, siempre y cuando, claro está, valga la pena ver lo que está adelante. Pocas cosas valen ya, ¡qué difícil pensar en valores trascendentales cuando se lee lo que se encuentra en el periódico hoy! Desde Teuchitlán hasta la isla del financiero, pasando por la Casa Blanca, Palacio Nacional y Gaza. Todos lacras como los de antes, pero en achedé. 

Después de veinte minutos ya me encontraba en el Museo, la exposición: «Los grupos y otras revueltas artísticas. Redes y colectividades en México, 1976-1985». Hacía un día cálido, el sol brillaba con fuerza, muy caliente para ser invierno. Me aproximo a la entrada, paso a caja, y luego a la entrada de la sala, estoy delante de la primera pieza. Costó trabajo encontrar el orden de exhibición, sin embargo, fue sólo cuestión de transitar por la sala y de soportar el estrés de la activación de la alerta sísmica que interrumpió mi lectura. Fue casi una advertencia de lo que iba a presenciar a continuación, una estacada por la espalda.

La exposición es un cúmulo de salas que exhiben los movimientos políticos y de protesta por varios colectivos artísticos en la década antes mencionada. No presencié pinturas, dibujos ni piezas plásticas; sino memoria, dolor y hartazgo. La idea general: utilizar el arte como herramienta de protesta, pero también como mecanismo de visibilización. Movimientos feministas, obreros y estudiantiles crearon obras que permitieron expresar lo que con palabras quedaba corto. 

Al entrar a una sala se ve una lona de protesta en el techo «Ya no nos hacen pendejos con eso del progreso». Y estaban dibujados unos hombres extrayendo petróleo. Justo leí la nota esta semana, el fracking de nuevo en México, pero ¿qué no era del siglo pasado esta exposición? Parece que nada ha cambiado, increíble cuando todo parece haberlo hecho. En la misma sala en un exhibidor una caricatura de un periódico, los personajes vituperan: «¿¡Tanta joda para tan poco!? ¡Ya no alcanza para nada!» y al final un texto en negritas: Exigimos mejores salarios. Curioso, he escuchado en el trabajo algo como «estamos pagando mucho en nóminas». 

Las primeras salas hieren, pero no duelen. Transitarlas se siente como caminar por grava afilada descalzo. Excelente elección, porque luego pasaríamos a las más duras. Las siguientes hablan de los excesos de la fuerza del estado: la guerra sucia, el 68 y los desaparecidos; obreros, estudiantes, activistas, todos aquellos que gritaron para que nosotros pudiéramos hablar, en vano.

Nada de lo que vi en esa sala era de un pasado que hubiera construido memoria colectiva, sino un pasado perpetuo, extenso hasta el presente que nos desangra por su naturaleza: hostil y violenta. He visto cosas peores en el periódico, no lo justifico, tampoco lo demerito, sólo comparo las escaladas de violencia, de caos, de bestialidad. Pareciera, por momentos, que ni siquiera valoráramos la vida. 

Puentes, puentes por todos lados, la exposición y el arte es un gran puente, uno que nos permite entrar en contacto con mónadas ajenas, funestas en este caso. Al final es inevitable no radicalizarte, la estructura de la exposición te lleva a la salida, pero no de la sala, sino de la salida ante el problema que se nos presenta, la revolución. 

Un estado que por momentos parece fallido, impunidad, negligencia, violencia, intervenciones, intereses extranjeros y nacionales. Todo por encima de la vida de uno y, en medio, un cúmulo de jóvenes que afirman que el arte es la herramienta que puede expresar la inconformidad de un mundo que parece no ser de este mundo. La revolución se nos presenta como imaginario colectivo; la obra en cuestión –la principal diría yo–, un collage de seis o siete metros de alto y por ancho; la forma, decenas de dibujos que representan lo que es la revolución para decenas de personas alrededor del mundo, de lejos parece que hay consenso, en fondo fino, no.

Desde la cima del poder es muy fácil determinar el cómo y el para qué voy a oprimir al de abajo, pero desde el suelo es complicado ordenar y coordinar las fuerzas para llevar a cabo el movimiento. La exposición está más vigente que nunca, sobre todo, porque parece que no hay elemento anacrónico alguno en ella, todo, lamentablemente, me fue muy familiar. Como si lo hubiera leído en el periódico.


Posted

in

, ,

by

Comments

Deja un comentario