Boecio, filósofo romano poco estudiado en la lengua española, ha dejado uno de los textos más hermosos sobre la felicidad y la imperturbabilidad del ser.
Y es que en momentos donde mantenemos nuestro bienestar en agentes externos, a saber: compras compulsivas, objetos sentimentales o rutinas consideradas nuestra normalidad, es prioridad reconocer que, como decía Heráclito, ‘Nadie se introduce dos veces en el mismo río.’ Todo está en constante cambio.
Así mismo, debemos de estar dispuestos y preparados para afrontar los cambios que se presenten en la vida, de forma racional, meticulosa y contemplativamente. ¿Pero cómo hacer esto dentro de una sociedad con síntomas que denotan una notable desorientación? Entendible y más pertinente cuestionamiento no se podría hacer. Es cierto que las redes sociales y el frenetismo en el cual nos vemos sumergidos día a día hace que podamos sentirnos extraviados o inquietos, sin embargo, reconociendo el problema es posible abordarlo de forma racional. Descartes diría que debemos empezar a resolver desde lo más fácil hasta llegar a lo más difícil.
¿Por dónde podemos empezar? Bien, quizá por entender que el ritmo de vida es agitado, complejo y agobiante, podemos comenzar reduciendo nuestro consumo de información; vivir con menos tecnología actualmente es, para algunos, impensable, pero es imperante consumir menos basura para desarrollar de mejor manera nuestra indagación.
Desarrollar el hábito de la contemplación nos ayudará para entender la situación en la que nos encontramos, Aristóteles nos impulsa a razonarlo, Epicteto, por otro lado, a aceptarlo sin reflexionar, y aceptar lo que está fuera de nuestro control. Posturas tan diversas se encuentran en la filosofía práctica, lo importante es saber de filosofía, pues es gracias a ella que podemos sobrevivir las amargas penas de la vida.
Es precisamente éste el núcleo de ‘La consolación’. Boecio, político y filósofo romano es encarcelado por defender la justicia y la Verdad frente a los atropellos de la corrupción política y las desavenencias despóticas. El filósofo escribe en una época de vendavales filosóficos, por un lado, están los helénicos: peripatéticos, epicúreos, estoicos y cínicos, todos ellos con diferentes formas de desenvolverse en la vida; por otro, los neoplatónicos, Hipatia y Plotino, rescatando las argumentaciones del maestro de Aristóteles; por último, los cristianos, con San Agustín y San Ambrosio como padres de la iglesia cristiana. Este popurrí intelectual marcó La Consolación, pues en dicha obra se encuentran diversos rasgos de dichos vendavales.
Boecio se encontraba solo, sumido en la lúgubre desgracia de su celda, martirizándose por el devenir de su vida y por haber sido condenado como lo fue Sócrates unos cuantos siglos antes y, irónicamente, por defender la Verdad. Ahí, lamentándose, se le presentó la filosofía.
Sus vestidos eran de materia inalterable, tejidos con hilos finísimos, por manos delicadas. Los había tejido ella misma, como pude saber más tarde a confesión propia. El aspecto que ofrecía a la vista era la de esas imágenes abandonadas envueltas en la penumbra y cubiertas de polvo. En el lado inferior del vestido, se leía bordada la letra griega ∏, y en la superior la 𝚯. Uniendo las dos letras había a modo de peldaños de escalera por donde se podía ascender desde la letra inferior a la superior. Con todo, manos violentas habían rasgado dicho vestido, llevándose los trozos que pudieron arrancar.
Las letras ∏ (pi) y 𝚯 (theta) hacen alusión a las ramas práctica y teórica de la filosofía, el saber práctico y el teórico respectivamente, o, Ética y Moral; y en las teóricas, la Metafísica, Teología, Física, etcétera.
La filosofía le tiende la mano a Boecio en un momento de suma vulnerabilidad, se siente desgraciado por la situación en la que se ve, sin embargo, ésta despeja la niebla de su razón a través de una exégesis de lo que es la verdadera felicidad.
La enseñanza más grande de ésta se encuentra en mostrar categóricamente tres puntos:
- La familia que forma uno está presente donde quiera que esté, pues son las relaciones que formamos a través de la vida las que nos llenan de amor, enseñanza y legado. ¿Por qué ser miserable al saber que hay gente que le ama a uno? Desarrollemos la colectividad, los vínculos y el tejido social para protegernos de las calamidades.
- Es imposible perder los bienes verdaderos, pues, ¿qué bien podría ser verdadero si su naturaleza no le facilita que sea a perpetuidad durante nuestra vida? Sólo lo perpetuo es considerado un bien, no lo que es efímero o endeble, como la fortuna, la fama y la riqueza. Esos son bienes aparentes, pues si se pierden le dejan a uno sumido en un amargo malestar.
- La providencia y el destino orientarán la vida de uno hacia el bien, pues incluso los malos se acercan a éste, pero erran en el camino y caen en los malos actos. Podemos estar seguros de que todo recibe su castigo, ya sea por la justicia divina o, en todo caso, por la humana. Boecio sostiene que incluso los malvados prefieren recibir el castigo para resarcir sus culpas.
Boecio era un filósofo cristiano, no debemos olvidar que su filosofía está influenciada por esta doctrina, pero no por eso se debe invalidar su pensamiento. Boecio nos muestra que los bienes no se nos escapan de las manos y, si esto es así, entonces no era un bien; o que no se debe de caer en lamentaciones absurdas, la filosofía está para despejar las tinieblas del pensamiento cuando uno no puede ver más allá de sus narices; o que, como dirían algunos, Dios aprieta, pero no ahorca, pues a pesar de parecer inclemente con sus buenos hijos y magnánimo con los malos, no debemos de permitirnos caer en frustraciones, la justicia alcanza a todos.
Esta es una breve nota reflexiva de una lectura que, personalmente, me acompañó por momentos álgidos de mi existir y, al igual que Boecio, sentí que la fortuna se me escondía y me sumía en un lodo de vicisitudes.
Que la filosofía los acompañe.
Boecio, La consolación de la filosofía. Alianza, 2025.

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