Discurso, poder y filosofía: Una mirada al antagonismo de la democratización del saber 

La filosofía tiene, históricamente, el problema de no poder materializar sus resultados en cosas que sean perceptibles a ignorantes en el tema. Sin embargo, no nos debe sorprender que sus progresos en sus diferentes áreas sean instrumentalizados para llevar a cabo una determinada empresa. En el presente ensayo ahondaremos en la función pedagógica de Rancière y su tesis de la igualdad de inteligencias. Por otro lado, nos introduciremos a la tesis platónica sobre la jerarquía del conocimiento, autores antagónicos sobre el tema de la democratización del conocimiento y la función tanto del maestro como del filósofo. Además, abordaremos el tema de la institucionalización de la verdad y del saber. Temas tratados en El orden del discurso de Michel Foucault. ¿Cuál debe de ser la forma de ser del filósofo si lo que quiere es divulgar el conocimiento? ¿Desde qué perspectiva debe abordar su disciplina? ¿Cómo se ha relacionado el discurso con la labor filosófica?

El filósofo se ha dedicado desde sus orígenes a: cuestionar, reflexionar, enseñar y divulgar el fruto de sus reflexiones.Sócrates fue ágrafo; sin embargo, lo que sabemos acerca de su actividad filosófica es resultado del trabajo de miles de generaciones interesadas en su legado, empezando con Platón y Jenofonte, aunque con ligeras diferencias en su obra y el enfoque que le dieron a su maestro. Platón, por un lado, se empeñó en reproducir la imagen filosófica de Sócrates, Jenofonte, una perspectiva más moralista. El enfoque que le dieron al filósofo es importante, pues trazaron el camino a seguir en las generaciones venideras, no sólo por los escritos que realizaron, sino por la labor de la enseñanza a sus estudiantes; el discurso oral y el escrito.

El discurso escrito permitió que no fenecieran los orígenes de la filosofía occidental. Platón lo criticó, pero irónicamente, inmortalizó su pensamiento a través de él dando como resultado sus diálogos. En el Fedro hace una crítica y deja plasmado su opinión al respecto. Porque es impresionante, Fedro, lo que pasa con la escritura, y por lo que tanto se parece a la pintura. En efecto, sus vástagos están ante nosotros como si tuvieran vida; pero, si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios. Lo mismo sucede con las palabras. Podrías llegar a creer como si lo que dicen fueran pensándolo; pero si alguien pregunta, queriendo aprender de lo que dicen, apuntan siempre y únicamente a una y la misma cosa. […] ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas. [1] (Platón, 445-446)

Posteriormente, Platón traza un camino que conduce a una solución para el problema anterior, lo define como un tipo de discurso, el explicador: «aquel que se escribe con ciencia en el alma del que aprende; capaz de defenderse a sí mismo, y sabiendo con quiénes hablar y ante quiénes callarse.» (Platón, 446) Utiliza esta metáfora para abogar por un aprendizaje fundamentado en la reflexión y la razón, no simplemente en la lectura de un texto. ¿por qué? Porque si el estudiante no dispone de la capacidad crítica que otorgan ambos fundamentos, teme que pueda caer en los errores del razonamiento propios de los sofistas o, en todo caso en el discurso de los poetas.

El lenguaje escrito, además de ayudarnos a complementar una enseñanza, nos ayuda a inmortalizar el pensamiento, creando un sendero por los caminos del conocimiento que; las letras, ayudan a recorrer de nuevo. «…los jardines de las letras, según parece, los sembrará y escribirá como por entretenimiento; y al escribirlas, atesora recordatorios, para cuando llegue la edad del olvido, que le servirán a él u a cuantos hayan seguido sus mismas huellas.» (Platón, 447) Independientemente de las críticas a la escritura por parte del estudiante de Sócrates, en este diálogo aboga por una escritura con una causa racional, la de servir de apoyo a una memoria percudida por los años.[2]La filosofía que emana de Platón, estructurada, sistemática y en prosa, sentó las bases de cómo hacer filosofía para las generaciones venideras. A pesar de que no fue el primero en 


[1] Platón hace una observación interesante que luego explica en el diálogo. Asegura que las palabras por sí mismas no tienen utilidad si no hay un intérprete del texto, sin alguien que pueda darle sentido y orden a la enseñanza.

[2] Es irónico que Platón haya tenido que recurrir a la escritura para hacer una crítica a ésta, Walter J. Ong hace una crítica al respecto materializando la misma crítica de Platón a la escritura pero adaptándola con el avance de la tecnología de la época contemporánea y sus críticos: «La misma incongruencia en los ataques contra las computadoras se expresa en que, para hacerlos más efectivos, aquellos que los realizan escogen artículos o libros impresos con base en cintas procesadas en terminales de computadora.» (Ong, 1986; 83) escribir filosofía, sí lo fue en el sentido de que fue el primero en hacerlo de forma tan extensa, dialógicamente e incluso con matices que pueden rozar la forma literaria; no obstante, hay una fina raya entre lo que es hacer filosofía y hacer literatura. El discurso filosófico se caracteriza por hacer un tejido de argumentos, la literatura crea narrativas que se apoyan en la ficción, quizá algunas de éstas se pueden asemejar a situaciones del mundo real; sin embargo, no pierden su propiedad ficticia. La filosofía no es ficticia, en el origen de la filosofía está el poder decir qué es lo que pasa con el mundo, con la realidad, con las polis, con la vida y con la verdad. En sus orígenes, ayudó a dar el paso del mythos al logosque dio origen a un discurso apegado a la razón.

Existen los discursos orales y los escritos: los orales, suponen que tanto la fuente[1] como el transmisor[2] tienen el mismo origen, éstos dan la oportunidad al oyente de refutar lo que yace en el fondo del discurso. Por otro lado, el discurso escrito inmortaliza su fondo mientras que haya un intérprete capacitado para comunicarlo; en este caso, fuente transmisor no son la misma persona, además no es posible refutar el contenido puesto que el lenguaje escrito es sólo eso, palabras ordenadas según la sintaxis que crean oraciones y éstas a su vez argumentos. El que desarrolló cierto discurso no se encuentra en el libro. «El autor podría ser cuestionado sólo si fuera posible comunicarse con él o ella, pero es imposible encontrar al escritor en un libro.» (Ong, 81) Debido a esto se han producido actos despiadados en contra del discurso escrito: la quema de libros durante el nazismo, la iglesia inquisitoria o las dictaduras alrededor del mundo.

Después de una impugnación generalizada y devastadora, dice exactamente lo mismo que antes. Éste es un motivo por el cual “el libro dice” en el habla popular es equivalente a “es cierto”. También es una razón por la cual los libros se han quemado. […] Los escritos son inherentemente irrefutables. (Ong, 81)Como ya mencionamos antes, el discurso filosófico se crea a partir de tejidos argumentativos que se construyen a partir de ciertas características en su contenido. La filosofía es, ante todo, una disciplina que mantiene cierta tradición en los temas que aborda, se constituye a través de tratados, sistemas o ensayos filosóficos[3]. Por su tradición, cuida la forma en la que presenta sus propuestas, velando por una rigurosidad que en algunos casos puede apelar a una comunicación poco asertiva, encapsulando la disciplina y sus discursos a unos cuantos adentrados en el tema, en ocasiones llamados pedantes o eruditos. 

Foucault, explica que esta característica del discurso filosófico es una forma de exclusión[1].

…supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. (Foucault, 14)

Y aunque no esté prohibido o censurado el discurso filosófico, sí está demeritado y recluido a una esquina de los muchos discursos que transitan nuestra sociedad día con día. Esto sucede gracias a la «voluntad de verdad», concepto que propone para explicar la forma en que la verdad se ve condicionada, moldeada e institucionalizada a través de una serie de procesos históricos, sociales y culturales.

Foucault, resalta un choque entre la razón y la locura desde la Edad Media. El loco (quizás en este caso el filósofo) es aquel que profesa un discurso que no está dentro del marco discursivo de la época, aquel que, por el simple hecho de no hablar en los mismos términos de la sociedad, queda apartado de ésta, condenado a la ignorancia de los otros. Digámoslo de esta manera: el «loco» podría crear un discurso con un fondo profundamente filosófico y técnico, que exija una educación previa en el tema que se aborda. El cuerdo[2], no entendiendo por su falta de educación o preparación en lo que se comunica, lo tilda de oligofrénico; así, el «loco» es ignorado. Según Foucault en la actualidad creemos que esto lo tenemos superado, que hoy le prestamos atención a toda persona, aunque se le denomine «loco». Se me puede objetar que todo esto actualmente ya está acabado o está acabándose; que la palabra loco ya no está del otro lado de la línea de separación; que ya no es considerada algo nulo y sin valor; que, más bien al contrario, nos pone en disposición vigilante; que buscamos en ella un sentido, el esbozo o las ruinas de una obra; y que hemos llegado a sorprender esta palabra del loco incluso en lo que nosotros mismos articulamos. (Foucault, 17)

En el caso de la filosofía, el discurso es crítico. Desde la perspectiva aristotélica de la disciplina[1], es considerada la madre de todas las ciencias. Proporciona un método sistemático y racional para poder desarrollar un tema con precisión y rigurosidad, por su naturaleza argumentativa y por su carácter formativo. Se autodenomina como superior a otras disciplinas, ciencias o ramas del saber por la posibilidad de hablar por sí misma, para y por las demás. 

Si la filosofía experimenta la necesidad, o mejor aún, se encarga de hablar y de consignar lo que tiene que decir en tratados separados identificables, es porque considera -en su íntima convicción histórica- que tiene una tarea irremplazable que cumplir. Esta tarea es la de decir la Verdad sobre todas las prácticas e ideas humanas. (Althusser, 12)

La filosofía se reserva el derecho de hablar para dotar de un sentido a la realidad y a las cosas, esta necesidad es imperante puesto que sin la filosofía es seguro que la realidad carezca de sentido y de color, de eso y de decir la verdad se encarga esta noble disciplina. «Para la filosofía, los hombres viven y actúan sometidos a las leyes de sus propias prácticas sociales: no saben lo que hacen. Creen estar en posesión de verdades, pero no conocen lo que saben.» (Althusser, 15) Independientemente de la posibilidad de saber deberemos abordar la verdad y lo que le refiere, puesto que hemos ya establecido desde el inicio del ensayo hasta ahora que la filosofía se sirve de un discurso teórico tanto hablado como escrito; que es un discurso que se sirve de la argumentación para poder crear y enarbolar una idea con rigurosidad; además, se considera la heredera de una vetusta tradición histórica que busca algo tan conocido y a la vez tan abstracto como la verdad. La desembocadura de un largo río sumido en la niebla de la ignorancia, la recóndita cámara donde se encuentra el tan codiciado tesoro, la causa última de las cosas, este es el empeño de la filosofía y a lo que se ha dedicado. Aunque sea recluida a las universidades más viejas de los estados modernos, aunque no sea apreciada por materializar su arte en algo útil a primera instancia del ciudadano común; la filosofía sirve a sí misma y nos sirve para llegar a algo razonamiento puro.

Todo discurso tiene un fin, cada uno tiene ciertas implicaciones que, para poder existir, debe contener. Por ejemplo, Platón en la República crea un discurso de censura, de exclusión y de normatividad cuando se enfrenta a la monopolización del discurso poseído por los poetas.[1] Éstos, tenían la costumbre de narrar los sucesos de los dioses con matices muy humanos, molestos; asesinaban, violaban, castigaban o premiaban arbitrariamente a los humanos, Homero, al narrarlo, no omitía este tipo de detalles, por lo cual Platón propuso censurarlos e incluso expulsarlos de la República. No concebía que fuera permisible enseñarles esto a los jóvenes, él lo expone de tal manera: 

Cuando un poeta diga cosas de tal índole acerca de los dioses, nos encolerizaremos con él y no le facilitaremos un coro[2]. Tampoco permitiremos que su obra sea utilizada para la educación de los jóvenes; al menos si nos proponemos que los guardianes respeten a los dioses y se aproximen a lo divino, en la medida que eso es posible para un hombre. (Platón, 77)

Platón pensaba que los poetas operaban en un nivel de conocimiento inferior, por lo menos a comparación de los filósofos que entregaban sus vidas al cultivo del conocimiento. Establece que los poetas dicen falsedades acerca de los mitos pues, al ser los poetas artistas, replican la realidad a través de su arte; sin embargo, es sólo apariencia, la realidad es y otra cosa es la replicación de los artistas que se basan en ésta para hacer sus obras de arte. «Por consiguiente, el arte mimético es algo inferior» (Platón, 321). Los filósofos se rigen por el logos[3] que está más cerca de la verdad, por otro lado, el poeta era guiado por la inspiración y las apariencias. Platón aboga por un acercamiento a la realidad basada en el uso de la razón, no por medio de los sentidos pues, el alma puede ser perturbada por las apariencias: las mismas cosas parecen curvas o rectas según se las contemple dentro del agua o fuera de ésta, o cóncavas y convexas por el error de la vista en lo relativo a los colores, y es patente que se produce todo este tipo de perturbación en nuestra alma. (Platón, 320)

El quid es que Platón profesa un discurso avasallador contra los poetas puesto que, para él, el filósofo era el único que podía acercarse a la Verdad por su por su naturaleza filosófica y, por ende, su inclinación al cultivo del conocimiento. Por eso en su ciudad ideal éstos no figuran como operadores fundamentales del estado, sino como meros artistas que fungen como puente entre la realidad y su obra, cuya finalidad es producir en los hombres una ilusión. Esto puede ser problemático pues, sin los sentidos no podríamos abordar la realidad.

Althusser analiza las implicaciones de desarrollar una teoría, define el discurso teórico como: «un discurso que tiene por resultado el conocimiento de un objeto.» (Althusser, 12) Éste se compone de dos características para poder desarrollar cualquier tipo de conocimiento; los objetos reales-concretos y los objetos formales-abstractos. Los primeros recaen en la realidad, los segundos en la abstracción y las ideas. Para que Platón pudiera desarrollar su teoría en la República tuvo que basarse en su estudio del objeto real-concreto. Sus ideas fueron el resultado de la experiencia con la realidad. Por esta razón, cuando dice que no podemos fiarnos de las apariencias se refuta a sí mismo.

Es claro que el discurso filosófico de Platón versa sobre el discurso teórico desarrollado mucho tiempo después, se nutre y obtiene forma y rigurosidad gracias a él, de esta forma, Platón deja un legado interesantísimo, tanto por su contenido como por el análisis técnico que puede realizarse. Por otro lado, Platón deja en claro que uno de los fines del filósofo es formar jóvenes que apelen a la sabiduría y al bien. La necesidad de crear una sociedad basada en un cúmulo de valores como principios es, para Foucault, otra forma de control que se hace desde los poseedores del discurso. «Todo sistema de educación es una forma política de mantener o de modificar la adecuación de los discursos, con los saberes y los poderes que implican.» (Foucault, 45) Como lo analizamos antes, Platón cree que se debe educar a través del discurso oral al joven, sólo de esta forma podrá hacer frente a las complicaciones que puedan suscitarse en su vida. Un ejemplo es Sócrates, quien podía refutar cada argumento en contra del suyo gracias a la mayéutica.[1] La verdad no se alcanzaba por medio de la incansable lectura de textos, al contrario, era gracias al dialogo y la oralidad, Jacques Rancière piensa lo contrario. En su obra: El Maestro Ignorante, expone el caso de Joseph Jacotot, un maestro francés que les enseñó a un grupo de estudiantes belgas el idioma francés con la obra Telémaco. Rancière afirma que, no sólo se puede aprender con sólo un texto, sin la afanosa voluntad de «enseñar» del maestro, sino que enseñar es perjudicial para el estudiante, pues su capacidad de entendimiento se ve atrofiada por la explicación. 

es necesario invertir la lógica del sistema explicador. La explicación no es necesaria para remediar una incapacidad de comprensión, esta incapacidad es la ficción que estructura la concepción explicadora del mundo. El explicador es el que necesita del incapaz y no al revés, es él el que constituye al incapaz como tal. Explicar alguna cosa a alguien, es primero demostrarle que no puede comprenderla por sí mismo. (Rancière, 23)

Al contrario de Platón, Rancière cree que no es fundamental la explicación del maestro, sino sólo facilitadora. Platón, se coloca en la cima de la pirámide intelectual, afirma que el filósofo es el único que puede acercarse a la verdad gracias al logos, vilipendia a los poetas por interpretar los mitos a su voluntad aun cuando él los usa para sus propios fines. Crea un orden pedagógico y formula un discurso profundamente intolerante que tiene como fin formar a los jóvenes y encaminarlos hacia el bien, aunque esto se opone a su antiguo modo de pensar, donde expone a Sócrates como un incesante cuestionador. Rancière, por otro lado, cree que el discurso crea brechas de desigualdad, cree que el primer paso para poder enseñar algo es no saber aquello que se enseña, no se pone en la cima de esa pirámide, al contrario, se coloca al mismo nivel del estudiante promoviendo el espíritu crítico y educativo que se profesaba con Sócrates en los orígenes de la filosofía. Irónicamente, Rancière postulando cosas contrarias a las de Platón (fiel discípulo de Sócrates), terminó pareciendo más un discípulo de éste. Rancière aboga por un sistema pedagógico completamente distinto al de nuestro tiempo y al que proponía Platón en la antigüedad, uno que fomente el razonamiento de cada estudiante, que promueva el espíritu crítico y que incentive su curiosidad. Esto ayudaría a que no sea institucionalizada la educación porque, si aprender fuera tan fácil para todos, ¿por qué necesitaríamos explicadores? Platón se enfurecería con esto, seguramente él argumentaría que, si no fuera por los profesores, los estudiantes caerían en falacias y en errores del razonamiento, peor aún, quizás los poetas proliferarían como consecuencia de la libertad de interpretación. Sin una voluntad de verdad que apele a la institucionalización del conocimiento y de las verdades ¿cómo evaluaríamos los conocimientos de la población? ¿A través del diálogo? Foucault lo dice muy bien en El orden del discurso: hay que dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. Sólo de esta forma se puede dominar a la población. Esta es la voluntad de verdad que Rancière critica y a la que Platón apela en la República. Sin embargo, se debe buscar la emancipación del pensamiento del estudiante, esto promovería el razonamiento individual y asertivo que promovía Sócrates y, por cierto, por el que fue condenado a muerte. Precisamente la emancipación del estudiante se da gracias al profesor, éste le muestra que puede entender y estudiar las cosas por sí mismo, incluso se puede enseñar lo que se ignora: «…si se emancipa al alumno, es decir, si se le obliga a usar su propia inteligencia.» (Rancière, 33) 

Gracias a esta técnica se liberaría el discurso de su secuestrador, se emanciparía a los estudiantes incentivando su criterio e inteligencia, se derrumbaría la institucionalización del discurso y, por ende, el de la verdad. El filósofo no está para imponer normas y censurar discursos, aún menos cuando éste es el primero que es consciente sobre el daño que hace la censura y los discursos intolerantes, tampoco está para pensar y razonar por otros, provocando que éstos dependan de su explicación para comprender lo que les rodea, justo lo que Rancière critica. El filósofo está para ayudar a razonar, para enseñar al desfavorecido como lo propuso Dante en su época con El Convivio. Alimentar esa sed de sabiduría que culmina en el alcance de la verdad y, cuando ésta es alcanzada, mostrarle a aquel que la sabiduría jamás está segura de sí misma. Estos tres autores: Platón, Rancière y Foucault ejemplifican muy bien cómo la relación de discurso y poder se tensa por el antagonismo de sus posturas. Por un lado, Rancière propone que no debe de haber un control del saber, tema en el que sí está de acuerdo Platón. Foucault remata y no sólo evidencia un control sino una institucionalización del conocimiento y la verdad.

Bibliografia

Althusser, Louis. Filosofía y lucha de clases. Akal, 1980.

–– Sobre el trabajo teórico: dificultades y recursos. Anagrama, N.E.

Foucault, Michel. El orden del discurso. Editorial Planeta de México, 2023.

Platón. Fedro. Madrid: Gredos, 2023.

–– República. Madrid: Gredos, 2023.

Rancière, Jacques. El maestro ignorante. Editorial Laertes, 2010.


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