Entre Máscaras e identidades, un ejercicio etnográfico en la Arena Coliseo de la Ciudad de México

La lucha libre en la Arena Coliseo, un aparato cultural que refleja la identidad de la Ciudad de México.

La Ciudad de México es un territorio tan caótico como interesante; tan extravagante como especial, donde la diversidad se funde con el caos, desembocando en formas culturales muy peculiares, las cuales, como reflejo de distintas coyunturas, son propiamente constituidas por la identidad de sus habitantes; situaciones tradicionales que nos sumergen al verdadero arquetipo del que es oriundo de la Ciudad de México, del chilango, del capitalino. Quienes arrebatados por el tiempo, viven todos los días peleando, motivados, subordinados y acostumbrados a un ritmo tan feroz como propio de la ciudad más grande de América y una de las más grandes del mundo. La ciudad es también un claro ejemplo de las desigualdades y divisiones que existen en una coyuntura política y económica como en la que se ha desarrollado nuestro país por décadas: barrios pobres, colonias ricas, paisajes nacionalistas; son los testigos de las disputas que se viven diariamente en esta metrópoli.

En medio de este entramado urbano, se erige un espacio emblemático, La Arena Coliseo. Situada en el corazón de la zona más popular del Centro Histórico, inaugurada en el año 1943, el «embudo de Perú», es un lugar que ha sido testigo de innumerables encuentros entre los mayores exponentes del boxeo mexicano, y el pancracio (la lucha libre). De tal suerte que esta Arena no sólo es un espacio de reunión y difusión del deporte, sino que se convierte en un referente urbano y popular para las personas cercanas a este gremio; entendida como un símbolo, una cuestión tradicional y ritual, quienes asisten aquí revelan su peculiar construcción cultural, desvistiéndola en un proceso de catarsis moderna, acreedor de una hiperdiversidad en la que consisten sus costumbres orgullosamente barriales.

El sólo intentar llegar a la Arena durante un sábado por la tarde ya es toda una experiencia. Salir del metro y atravesar la Plaza Garibaldi, mientras la música ranchera provoca toda una fiesta, caminar impaciente hasta incorporarse a la calle de República de Perú, mientras la noche va cayendo. Es escuchar los sonidos de la ciudad retumbar, ver cómo la acera comienza a transformarse hasta llegar a donde esas luces que irradian energía están abrazadas por máscaras, revendedores escandalosos y un gran cartel del tamaño de dos pisos sobresaliendo del mítico edificio con la leyenda: «Coliseo». Como si de una catarsis urbana se tratara, el camino nos prepara, nos confirma que ahora somos parte del ritual.

La entrada es una forma de división en relación al capital ya que, al recinto, entran primero –por la imponente y clásica entrada principal– los dueños de los lugares más caros, en su mayoría extranjeros motivados por el atractivo turístico y tradicional de la lucha libre –sin ser exhaustivamente revisados por la horda de policías encargados de la seguridad del lugar– para, seguido de ello, podamos ingresar quienes adquirimos una entrada en las zonas más populares del recinto (balcón y gradas), no sin que antes la autoridad pueda curiosear en todos los lugares posibles de nuestra humanidad para poder encontrar algún objeto ilícito.

Poco a poco, al subir esas pesadas escaleras de cemento mis pasiones se van despertando, no puedo encontrarme más asombrado por cómo el bullicio se intensifica, el sonido me hace vibrar al escuchar cómo los espectadores salen de sí por observar a dos hombres azotándose a la lona del cuadrilátero que, como escenario principal, la arquitectura del embudo no permite que pierdas la atención de la situación encerrada dentro de un espectro tan atlético como performativo, un baile en el que dos personas tienen que conocer perfectamente su corporalidad para terminar, literalmente, volando en el aire. Así, la lucha libre es, como bien señala Wacquant un «engranaje vivo del cuerpo y del espíritu…», donde se diluyen las fronteras entre razón y pasión, acción y representación entre todos sus actores (Wacquant, 2006, p. 33). Un espectáculo catárquico fundado en una división visible desde su arquitectura, donde el espacio refleja jerarquías y formas de cultura barrial, que se materializan entre gradas incómodas de cemento con olor a cerveza, aunado a las risas, chiflidos e insultos preparados por el espectro popular, que tratan de pugnar con quienes ocupan ese espacio privilegiado dentro del lugar.

Cuando la Arena se despide junto con sus enmascarados parece un funeral, con el ímpetu del ritual silenciado y culminado, la gente sólo comienza a retirarse resignada, desenmascarándose… ¿Cómo habrán sido aquellos años dorados de este lugar? Donde grandes ídolos del deporte representaban la disputa de manera estoica. Se ha escuchado decir a las personas que fueron testigas de esta época de esplendor, que cuando un combate épico sucedía, ya fuera de lucha o de boxeo, la gente lanzaba de manera ritual, monedas «de los viejos pesos» al ring, desde lo más alto hasta lo más bajo como forma de agradecimiento y respeto.

Considero que esto es lo importante de aprender, pero aprender con el cuerpo, como bien menciona Bourdieu: «el orden social se inscribe en el cuerpo a través de esta confrontación permanente, más o menos dramática pero que siempre deja un gran espacio a la afectividad» (citado en Wacquant, 2006, p. 16). Es por esto que al final, la Arena Coliseo no sólo representa un lugar de lucha, sino un espacio donde se inscribe la identidad de las clases populares de esta ciudad, donde el cuerpo y el espíritu se complementan, porque así se constituyen este tipo de dinámicas, construidas por la disputa en espacios de carácter barrial y  que reflejan tanto el carácter tradicional como la propia dinámica urbana de sus habitantes. Cada aficionado, cada golpe, aplauso, máscara y par de guantes, nos recuerda que, para quienes habitamos este gran cuadrilátero alguna vez llamado Distrito Federal, aprendemos y resistimos con el cuerpo, lo que se traduce a aprender a vivir sobre este espacio tan caótico y vibrante.


Referencias

Wacquant, L. (2006). Entre las cuerdas: Cuadernos de un aprendiz de boxeador (M. Hernández, Trad.). Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.


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