«Thaumázein» y el génesis de la filosofía como disciplina del saber

Los antiguos filósofos se topaban constantemente con objetos, situaciones, experiencias o fenómenos que, por lo menos, los dejaban extrañados. Sí, usted lector que lee esto póngase en situación; usted camina por las calles aledañas a su domicilio, es una mañana brumosa y llena de neblina que yace como visillo sobre el pavimento, usted camina con el recurrente soliloquio que todos mantenemos en nuestra cabeza cuando hacemos actividades pasivas, del diario. ¡Y de pronto! Se aproxima a usted una misteriosa sombra, al acortar las distancias se percata que era un simple perro, ¡pero no un perro cualquiera, no señor! Era un perro con la elegancia de un gato, en lugar de hocico tenía un pico cual tucán de Yucatán y cola de castor, y al pasar a su lado era jalado por ––el que parecería ser su dueño–– con una correa, usted jamás olvidará ni la forma ni su color despintado, como de madera deslavada, pero lo que de verdad jamás olvidará es su chirrido como de mecanismo mal aceitado que se producía cuando el alebrije ese movía las patas. La mañana, ¡qué digo la mañana, todo el día se fue al demonio! Porque usted se quedó igual de extrañado que Platón y Aristóteles al ver algo inusual, algo extraño, algo sublime. 

Este es el inicio de la filosofía, el asombro, la admiración o el extrañamiento. Platón recupera una conversación de Sócrates con Teeteto en el diálogo que lleva su mismo nombre, Teeteto Sobre el conocimiento: «[…] pues experimentar eso que llamamos la admiración es muy característico del filósofo. Éste y no otro, efectivamente, es el origen de la filosofía.» (Platón 443). Y es que los griegos tenían una palabra que expresaba esa sensación de extrañamiento a la que se refiere Platón: thaumázein, (θαυμάζειν). 

Éste verbo podía definir diferentes cosas:

  • Admirar algo
  • Quedar sorprendido/perplejo
  • Mirar con asombro o con sospecha

De esta forma inicia la filosofía; el amor a la sabiduría despega desde la contemplación y la búsqueda de ––lo que antes llamaron los presocráticos––, «las primeras causas». Así podríamos regresar hasta los esfuerzos de Tales de Mileto por observar y descifrar el manto celeste, o a Anaxímenes de Mileto por probar que todo se componía del aire, sin embargo, este breve artículo no se trata de hacer una regresión histórica sobre la historia de la filosofía, sino de rememorar la génesis de ésta.

Aristóteles, alumno de Platón y maestro de maestros posteriormente dijo:

Que no es una ciencia productiva resulta evidente ya desde los primeros que filosofaron: en efecto, los hombres ––ahora y desde el principio–– comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante las peculiaridades de la luna, y las del sol y los astros. (Aristóteles 76).

A pesar de alejarse de las teorías de Platón y de «bajar el mundo de las ideas al mundo de las formas», Aristóteles no refuta a su maestro en el entendido de que la filosofía nace de la observación y la contemplación, todo lo contrario; promueve estas actividades en conjunto de la investigación para generar conocimiento sólido. Esta moción queda amalgamada con la idea de la búsqueda colectiva del saber, pues el filósofo tenía una plétora de investigadores a su merced mientras que él redactaba sus descubrimientos en tratados filosóficos. Aristóteles abarcó temas como la lógica (Órganon), el alma (de Anima), la política (Política), la tragedia y la comedia (Poética), la metafísica (Metafísica) y un largo etcétera más.   

Quizá pueda ser complicado poder ponerse en los zapatos de un filósofo antiguo, siempre cuestionándote y cuestionando todo, dicho esto, quizá podamos hacer una analogía con una profesión moderna; la arqueología ––según la Real Academia Española de la Lengua––, es la ciencia que estudia las artes, los monumentos y los objetos de la antigüedad, especialmente a través de sus restos. Si usted lector fuera un arqueólogo, quizá entendería bastante bien a aquel filósofo antiguo siempre maravillado por las cosas que «ya estaban» desde antes de que uno empezara a existir. Esta profesión, ––que conserva la misma actitud curiosa de la filosofía–– es el «mejor norte» que tenemos para poder empatizar con los padres de ésta. 

En conclusión, podemos inferir, querido lector, que no son las respuestas las que generan el conocimiento sólido y riguroso, sino que son aquellas preguntas las que encauzan la investigación empírica y racional para dar con las respuestas; gracias a un extrañamiento (thaumázein) que es producido en el hombre por los fenómenos que se generan en el exterior de uno. Así se genera un avance colectivo e individual hacia la verdad. «Vale más una pregunta perfecta que un millón de respuestas buenas.»

Bibliografía

Aristóteles, Metafísica. Traducido por Tomás Calvo Martínez, Gredos, 1994.

Platón, Teeteto. Traducido por Álvaro Vallejo Campos, Gredos, 2023.


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