Revivir

El mundo se ha vuelto un caos desde la última vez que me puse frente a la hoja en blanco. Las derechas avanzan implacablemente en el mundo, la desigualdad económica y social siguen cobrando vidas en la Ciudad y a lo largo del planeta, y las juventudes parecen transitar entre una necesaria radicalidad en Asia y un statement raro en Latinoamérica.

Hay tanto que escribir, analizar y aún más por hacer en la vida material y cotidiana; sin embargo, este texto no va sobre eso, no quiero dedicar este primer reencuentro con el papel a lo que debería, básicamente porque me resisto y porque no sería mi estilo seguir el guion que yo mismo he hecho para mi vida.

Hoy quiero recordar a una amiga que en algún momento me enseñó que la disertación entre mente y cuerpo no es más que una necedad de quienes suponen el mundo de manera binaria y desentendida; un discurso sordo para un mundo ciego. Una trampa del capital para asfixiar el alma mientras somete al cuerpo.

El nombre de esta columna tiene que ver con esta cosmovisión; el volver a la silla para escribir es poder liberar la existencia, este éter entre mente y cuerpo, es volver a brindarme un momento para sentir el teclado de manera no productiva, y de permitirme sentir el cuerpo y la mente en el espacio en blanco. Un espacio en blanco que grita la necesidad de escribir sin un propósito claro más que el de «vomitar» lo que se piensa y se siente.

Volver a este espacio de conexión personal, aún y cuando el caos afuera parece abrumar como un incesante fuego es permitirme la catarsis que libera y que reencausa la cabeza y, por consecuencia directa, al cuerpo. En el marco ––quizá medio forzado–– de la prevención del suicidio me pregunto si no es que las personas en su gama diversa y amplia requieren de un espacio para reconectar, para desconectar, para purgar todo aquello que nos aqueja y nos acelera en la vida diaria.

La sociedad en la que nos encontramos parece que nos mete en un círculo vicioso, en un constante estado de alerta y aceleración que se asemeja bastante a los efectos de la cocaína y nos convierte en yonquis del estrés. Eso que perseguimos con tanto ahínco y que jamás ha de llegar para la mayoría nos mantiene dentro de una rueda decadente que nos empuja a querer más y más y a no poder salir del círculo.

Retomar este espacio, este proyecto y esta pequeña parte de mi vida se siente por un lado como una de las aristas de esta adicción al hacer, pero por el otro siento al teclado como un liberador, como una reconexión con un alguien desdibujado que no imagino y ni siquiera sé si esté presente; como un grito en el medio del bosque que no pretende más que llevarme a la catarsis y al final de la energía incesante en mi cabeza.

Estoy de vuelta y con ello mi cuerpo y mi mente se ponen manos a la obra para llevar a ustedes ––sean quienes sean, y quizá sean nadie––, semana a semana textos que pretenden ser un vómito incesante de la vida diaria. 

Bienvenidos y gracias por leer este primer vómito personal, vamos a corazón abierto y con la rabia bien puesta.


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