La deuda histórica con la Verdad

Ya no es extraño escuchar que tal político, celebridad, periodista u «opinólogo de oficio» se apropie del discurso de la verdad, parece ser que hoy en día cualquiera que tenga un micrófono en la mano puede aseverar tal atrevimiento, sin embargo, ¿qué consecuencias implica que no exista un tratamiento correcto de la verdad?

Remontémonos a la Grecia arcaica en tiempos de, precisamente, Sócrates. Este pensador que iba por allí y por allá profesando una consciente ignorancia, pecaba de soberbio para muchos, sin embargo, su «arrogancia» era producida por el conocimiento de que ignoraba todo excepto que ignoraba, y eso no era común en esa época; pues Sócrates era coetáneo de Gorgias, Protágoras y Calicles, sofistas reconocidos que cobraban por enseñar oratoria y las técnicas de persuasión más sofisticadas que aún se siguen enseñando en nuestros días. Ellos «jalaban la cuerda» en dirección contraria de Sócrates, mientras que él buscaba la verdad, ellos buscaban hacer ver más justo al injusto, más noble al ruin, más consciente al más bruto, etc. En términos prácticos, no se apegaban a un sentido absoluto de la verdad, sino que moldeaban el discurso para favorecer a algo o alguien. Podemos recuperar este fragmento del diálogo Gorgias

El que, en realidad, Sócrates, es el mayor bien; […] Ser capaz de persuadir, por medio de la palabra, a los jueces en el tribunal, a los consejeros en el Consejo, al pueblo en la Asamblea y en toda otra reunión en que se trate de asuntos públicos. (Platón 310) 

La aparición de los sofistas es producto de la consolidación de un nuevo sistema de gobierno en la antigua Atenas, la democracia; pues en esas épocas era habitual que los ciudadanos se sentaran en el ágora, el cual era un amplio lugar al aire libre donde se discutía el proceder de la ciudad, por lo tanto, era muy importante que los ciudadanos que quisieran abogar por sus causas y entrar en el mundo de la política, supieran el arte de la oratoria para persuadir a los ciudadanos. El grave problema que causó esto es que se propiciaron discursos demagogos y vacuos, faltos de sentido y profundamente falaces. Los sofistas se empeñaron en educar para la persuasión de los atenienses, no en cultivar la ética y las buenas costumbres.

Dicho esto, es necesario hacer un breve análisis sobre la transmutación de los «lugares comunes», por ejemplo: parece que hoy el ágora son las redes sociales, los sofistas podrían ser los políticos o los «influencers», pero queda la duda sobre quiénes son los filósofos que cuestionan a éstos últimos, inclusive tendríamos que preguntarnos si las redes sociales permiten y contienen las mismas posibilidades de ser un espacio de discusión como el ágora, o por el contrario son lugares donde se benefician ciertos discursos y narrativas al ser plataformas privadas y no públicas. Quizá ni siquiera tengamos un lugar dónde proferir nuestras opiniones con la misma libertad que tenían los antiguos filósofos.

La problemática es evidente, la razón y la búsqueda por la verdad está, cuanto menos, estancada; es imperante encontrar esos «espacios comunes» donde se pueda dialogar con total libertad, con conciencia de causa y de forma educada, en este mismo supuesto encontramos otro problema, ¿no es posible que las críticas y reflexiones sobre el acontecer social actual estén relegados a una esquina del salón donde se lleva a cabo la discusión? Yo lo aseguro, son sólo unos pocos los que publican y otros menos los que los leen, suelen ser allegados a éstos, colegas o doctos en el tema. ¿Dónde está la democratización de la crítica? Pero, ¡eso sí!, la crítica fundamentada, educada e instruida. En todo caso, si el proyecto de crear un espacio para cimentar la crítica fracasa, entonces deberíamos de promover el pensamiento crítico que esclarecerá los discursos falaces, así nos defenderemos de las opiniones erróneas acerca del mundo, y esta posibilidad sólo la da la lectura, la educación y la misma búsqueda de un ágora o de las columnas necesarias para realizar nuestra voluntad. 

Cabe aclarar que debe ser un esfuerzo colectivo el llegar a esclarecer la verdad, se debe promover una educación tanto en escuelas como en los hogares que permita al individuo razonar y cuestionar con total libertad, pero con fundamentos, porque podríamos caer en el desafortunado caso de cuestionar sin las bases suficientes, es ahí donde caeríamos en un escepticismo contraproducente. Es cierto que la verdad está en muchos casos «institucionalizada», o sea, en términos prácticos, que validamos un discurso basándonos en el prestigio o el «nombre» del que lo emite; no es igual el leer una noticia en Facebook que en alguna televisora, lo que sucedería en este caso sería que dudemos de Facebook, pero no así de la televisora. 

Dicho esto, queda establecido que es importante tener el conocimiento suficiente para dudar inteligentemente y, sobre todo, ser conscientes que es igual de válido dudar del desconocido que del conocido ––así como de las «autoridades» que monopolizan la verdad–– Informémonos del emisor del mensaje y aprendamos las formas en las que somos engañados, apropiémonos de la duda y emancipemos nuestra razón, por eso los invito a dudar y, ante todo, a enmendar la deuda histórica con la verdad.


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