Sobre la calidad de vida

Hace ya algunos años que una amiga de la facultad me decía de manera seria y profunda; tengo que romantizar mi vida, ¿sabes por qué? porque si no me mato hoy mismo. En los círculos de estudio del marxismo, en el ágora virtual (las redes) o en el espacio académico es común llegar a la conclusión de que ‘romantizar’ las cosas juega un papel alienante que asegura la continuación del sistema pero ‘romantizar’ las cosas nos ayuda a sobrevivir.

El acelerado ritmo del capitalismo tardío ha llegado a dominar incluso nuestros anhelos más profundos; el deseo, el amor, las aspiraciones personales están altamente reguladas por las relaciones de producción capitalista y, al mismo tiempo, por el productivismo incesante.

Ya en otras ocasiones he apelado al ocio como un espacio de resistencia a través del cuál surge espacio para la creatividad, para la organización y para recobrar la energía y los elementos de vida necesarios para continuar una resistencia pero hoy no es propiamente al ocio a lo que he de referirme sino a un concepto más enredado; la calidad de vida.

Hace unos días en las páginas de esta revista Doriane nos advirtió de los riesgos de ligar la capacidad de consumo con la calidad de vida pues saliendo de la trampa capitalista del consumo ad infinitum la calidad de vida no puede sostenerse en la capacidad de crédito de las personas ni en la adquisición de bienes y servicios.

Calidad de vida es algo más subjetivo pero urgente; recuerdo cuando mi editor en jefe me dijo; ‘Ro’ si tienes la oportunidad de encontrar un empleo en el que comas siempre a tus horas entonces tienes calidad de vida, comer siempre a la misma hora ayuda a tu salud y tu digestión’. Una amiga me dijo; ‘desayunar en calma, con tiempo, ayuda a afrontar de mejor manera el día y a bajar la cabeza a su lugar’.

En lo personal, poder dedicarme dos horas a mí mismo por las mañanas es lo que he concebido, por ahora, como calidad de vida y claro que es un gran privilegio de clase pero es precisamente ese el punto de este escrito. Perder la calidad de vida es tan sencillo como un ‘ajuste’ en los horarios de nuestros empleos.

Sacrificar el desayuno de una hora, cambiar nuestras horas de comida, dejar de correr para llegar antes a la oficina o comer lo que encontramos porque hay que volver al escritorio son decisiones que cualquier boomer o gen x nos zampan como ‘lo normal’ cuando se es adultos pero ¿en serio es normal?

Ir dejándonos de lado en lo personal y abandonando a nuestra suerte nuestros placeres (no consumistas) como tomar el café escuchando tu disco favorito o escuchando los pajarillos para producir más, explotarte más o ‘rendir mejor’ es asumir que el capitalismo ha penetrado en tus entrañas y que eres un gozoso engrane más de esa maquinaria fulminante.

Ernesto Sabato dijo en una ocasión que hay momentos históricos en el que el progreso es reaccionario y ser reaccionario se vuelve progresista; estamos en uno de esos momentos y yo, con este escrito, te invito a llegar tarde al trabajo con tal de caminar unas cuadras, andar en la bici o quedarte en cama, lo que sea que te permita volver a conectar tu cabeza con tu cuerpo y con el mundo. Porque eso, compañerx, es calidad de vida y ninguna cantidad de dinero vale una centésima parte de tu calidad de vida.

Recuerda que el salario que recibes no es por lo que sabes ni por lo que haces sino por las horas que renuncias a tu vida para producir; retoma un poco de tu vida y evita la trampa del capitalismo, no se trata de acumular bienes y servicios sino experiencias y recuerdos.


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