Tierra fértil.
¿De qué color es el flamenco?,
de terciopelo rojo.
¿De qué color es el flamenco?
Como la tierra de cada lugar.
Paulina Ruiz.
La columna que están a punto de leer es distinta a lo que suelo escribir en este espacio. Nace desde la colectividad, y aunque siempre he escrito desde ahí —pues no concibo la experiencia personal sin la influencia de la comunidad y el contexto que inevitablemente nos moldea—, esta vez trataré de no hablar solo de mí.
Regresé a un salón de clases como me había prometido que lo haría, regresé a ser alumna porque necesitaba absorber arte y conocimiento. Regresé con ánimo de ser humilde, moldeable, con muchas ganas de latir y sentirlo todo, hasta el contorno de la planta del pie de cada paso que daba, pero no sabía en qué me convertía eso hasta que Paulina le dio forma en una clase. Quiero ser tierra, de mi propio color, pero fértil, anclada al suelo; tierra que contiene todos los pasos. Todos, ya no solo los míos.
Volví al salón de clases siendo un montoncito de tierra, y sin sospecharlo, terminé encontrándome con otros montoncitos que me recibieron y me abrazaron por primera vez. Querido lector, tú sabes que no me entusiasman particularmente las frases hechas y repetidas ad nauseam, pero hoy utilizaré una que he leído últimamente por ahí: esos otros montoncitos de tierra, al cobijarme, sanaron algo que ellos no rompieron.
Regresé a un salón de clases queriendo aprender, y sin sospecharlo, detrás de la puerta me esperaba, no otra lección de técnica o de compás, sino algo mucho más grande, un regalo que en mis 25 años de vivir el flamenco no había encontrado: una comunidad, otros muchos montoncitos de tierra que vibran, que laten y brillan a su aire, y que al unirnos, formamos un compás especial, único. Nuestro.

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