Los muros de la derecha

En todo el mundo, los migrantes enfrentan una constante barrera de rechazo que, más allá de las fronteras, se repite con el mismo discurso: la defensa de la “identidad nacional” y la protección de “los nuestros”. Este es un tema especialmente explotado por los discursos de derecha, que, bajo el argumento de la seguridad, la soberanía y la protección de los recursos, han encontrado en los migrantes una figura fácil de señalar y además culpar por los males internos.

En Europa, el ascenso de partidos de derecha ha alimentado el rechazo e incluso temor hacia los migrantes africanos y del Medio Oriente, utilizando términos como “invasión” para describir la llegada de personas que buscan refugio de la guerra y la pobreza. En Estados Unidos, el discurso anti-migrante de Trump se ha enfocado en los latinos, especialmente mexicanos y centroamericanos, acusándolos de ser responsables de la pérdida de empleos y de la inseguridad, ya sea por el tráfico de drogas o por ser de las pandillas. Los muros físicos y simbólicos que se levantan son reflejo de una política que ve a los migrantes como una amenaza a la estabilidad económica y social, más que como seres humanos en busca de una vida mejor.

Sin embargo, esta narrativa de rechazo no es exclusiva de los países del norte global. En México, a pesar de ser un país que tiene grandes porcentajes de mexicanos que migran, replicamos un discurso similar hacia los migrantes centroamericanos. La frontera sur se ha convertido en un espacio de control, donde los migrantes hondureños, guatemaltecos y salvadoreños son tratados con el mismo desprecio que los mexicanos experimentan en Estados Unidos. Paradójicamente, el rechazo que México vive hacia el norte lo reproduce hacia el sur, perpetuando un ciclo de racismo y exclusión que pone en constante peligro a los migrantes y sus familias.

Este fenómeno es global y sucede casi de manera automática en todos los países. Italia rechaza a los africanos, Turquía a los sirios, México a los centroamericanos, y así se teje una red de xenofobia que no diferencia entre países ricos o pobres. Lo que todas estas naciones comparten es la incapacidad de ver a los migrantes como iguales, como seres humanos con las mismas necesidades y derechos. Los discursos de derecha se encargan de deshumanizarlos, resaltando sus diferencias y atribuyéndoles los problemas económicos y sociales locales. 

El problema no es la migración, sino cómo las sociedades eligen enfrentarla. Mientras los gobiernos de derecha siguen explotando el miedo y el nacionalismo para justificar sus políticas excluyentes, se ignora la oportunidad de crear una convivencia más equitativa y justa. El racismo hacia los migrantes no es un problema aislado de una nación, sino una tendencia global que necesita ser abordada desde una perspectiva humanitaria. No basta con señalar a otros países por su rechazo a los migrantes; es necesario mirar hacia adentro y reconocer cómo, en todos los rincones del mundo, seguimos fallando en aceptar al otro como parte de nosotros.


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