En la sobremesa con una gran amiga, discurriendo sobre un plato de calamares, me pregunté qué debería publicar hoy en este espacio que considero mi casa. Debía ser algo que me permitiera ser fiel a mi estilo, y escuchando las sugerencias de Sofía, caí en cuenta de la bendición que es tener amigas que te lean y te acompañen en todas tus etapas y en todas tus presentaciones; que permanezcan, que no te vean como prescindible. Y caí en cuenta otra vez: eso solo es posible cuando se trabaja un vínculo. Y recordé una frase maravillosa que gesté en este espacio: el amor requiere trabajo, pero no cuesta trabajo.
Pensando en esto y escuchando a Sofía, me pregunté si el capitalismo no solo se había metido en nuestra cama, sino también hasta nuestras entrañas. Hace poco más de dos años escribí en este espacio sobre la visión capitalista del sexo, y lo que en su momento fue un gran texto y sirvió como fuente para la tesis doctoral de un lector, hoy se me quedó corto.
Abro el apetito de mis generosos lectores retomando un fragmento de aquel texto: ‘El capitalismo atraviesa nuestras vidas no sólo en cuanto a las relaciones de producción, sino también en lo que respecta al mundo interpersonal, afectivo, y por supuesto, erótico. En el sistema capitalista, el consumo es la principal forma de pertenencia e integración social, y si el consumo es un campo de ejercicio del poder, los cuerpos son la materia prima’, y de ser así, ¿los afectos y los cuidados qué son?
He sostenido —sin llegar a plasmarlo en un texto— que relacionarnos sin cuidar e ir rompiendo personas en nuestra feroz carrera por la vida es una forma capitalista, e incluso burguesa, de vincularnos, porque a fin de cuentas asumimos que otra persona reparará el caos que vamos causando. Si bien es cierto que cada uno es responsable de sí mismo, de su cuidado, de sus heridas y su gestión emocional, es profundamente egoísta y burgués asumir que no importa si rompemos al otro en el proceso, porque al final, le toca a él curarse, como si fuera el costo inevitable de haberse vinculado.
Con el perdón de los individualistas, yo considero que relacionarnos y crear vínculos no debería ser un intercambio cuasicomercial, emulando nuestras relaciones con el mundo material del que no podemos escapar, y aun a riesgo de sonar cursi, considero que deberían estar más cerca de ser un milagro que un contrato; un refugio donde encontrarse con el otro; un faro que nos guíe; un espacio donde crecer y permanecer con el otro.
Otro tinte capitalista surge al esperar que todas nuestras relaciones ‘nos sirvan’ para algo; ¿y si fuéramos nosotros los que por primera vez nos pusieramos al servicio de nuestros vínculos y no al revés? ¿Es una especie de suicidio emocional?, ¿es exponerse demasiado?, ¿es saltar al vacío?, ¿disfrutaríamos la caída?

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