Nací y crecí en Puebla. Nos decían que nuestra zona era segura porque en la ciudad había varias universidades y ahí mandaban a estudiar a los hijos de “los pesados”. Muchos de nosotros crecimos pensando eso y confiábamos en que estábamos en una zona de neutralidad. No me tocó ver balaceras ni narcomantas a un lado de cuerpos en puentes, pero siempre escuché eso en las noticias cuando hablaban del norte, de Tamaulipas, de Nogales, Juárez y todas esas ciudades fronterizas a las que ir era un sinónimo de no regresar.
Hasta 2019 aproximadamente, vivimos en relativa calma, pero empezaron a hablar de balaceras en Puebla. Cuando me iba a vacunar contra el COVID-19 con mi familia, no pudimos llegar porque calles antes hubo un ataque armado entre distintos grupos. Comencé a escuchar cómo asesinaban personas sin razón y sigo escuchando al gobierno responder que se trata de “un ajuste de cuentas”, como si eso debiera calmarnos por no tratarse de nosotros.
No necesité vivir en el norte para saber que mi miedo más grande era que un día tuviéramos que escondernos de una balacera, sentir que no debes nada pero la tendrás que pagar. Mi mamá sigue con el constante temor de que un día entren a la escuela de mi hermano por los niños y niñas. Varias personas en mi familia hemos pasado por situaciones que ponen en riesgo nuestra vida o seguridad.
Hace unas semanas, en Puebla, en el C5 encontraron un auto incendiándose, con una hielera y un cuerpo desmembrado. A los pocos días dijeron que era una persona que andaba en “malos pasos” y se trató de “un ajuste de cuentas”. Lo mismo pasó con un compañero de mi generación.
Podemos cuestionar si estaban en actividades dudosas y si ellos tenían conocimiento de las consecuencias, pero lo que no podemos seguir dudando es que vivimos en un país plagado de violencia. La vemos en todas partes. La generación que tuvo su adolescencia en el sexenio de Calderón está comenzando a criar a una nueva generación, a la que le toca ver lo mismo: una realidad en la que la muerte y el peligro están todo el tiempo fuera de casa.
Además de la deficiente política de drogas, seguridad y justicia, estamos en un momento histórico en el que la Secretaría de Defensa Nacional será quien entrene a la Guardia Nacional, aquellos que nos deben cuidar y, aparentemente, van a mantener la paz, la cual, desgraciadamente, no existe en México.
Por otro lado, tenemos anuncios en Facebook, donde las organizaciones del crimen organizado ofrecen trabajo, con pago semanal y seguridad; lugares donde en una semana puedes ganar el salario mínimo y, si fuiste trabajador de la policía o ejército, tendrás mayores beneficios. Por muy obvias razones, es más fácil unirse a grupos criminales que conseguir un trabajo de obrero o incluso policía.
El ejército, por años, ha sido quien perpetúa los mayores crímenes contra la humanidad, no solo en México, sino en todo el mundo. Tendremos, ahora, por mayoría calificada en el Senado de la República, una Guardia Nacional que será parte de la Secretaría que ha asesinado, reprimido y abusado de grupos vulnerables.
Seguramente seguiremos escuchando sobre balaceras y cuerpos desmembrados en todo el país. Los pueblos originarios en Chiapas seguirán buscando huir a Guatemala porque el crimen llegó a sus territorios, los jóvenes seguirán siendo reclutados para asesinar y las peleas entre grupos seguirán sucediendo en Culiacán y en todos los estados, aún con esa Guardia Nacional que tanta paz y reconciliación ha prometido. Seguiremos teniendo también un partido de mayorías que se niega a ver su propia realidad y pregona ausencia de nepotismo mientras dos hijos de líderes fundadores están a la cabeza.
Entre reformas a modo y mayorías calificadas a la fuerza, estamos viviendo un fin de sexenio que parece sacar lo peor de quienes llegaron por la izquierda. Para algunos otros parece un futuro esperanzador, porque sí, tendremos a la primera mujer presidenta de izquierda y puede que tal vez haga las cosas con autonomía, sin recaer en los vicios que el obradorismo tuvo en el último tramo.
Escribo esto como tributo a la memoria, porque no sabemos qué vendrá, pero siempre sabremos lo que ha sucedido y el juicio que haga la historia a aquellos y aquellas que han prometido luchar por el pueblo y la justicia.

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