Si usted es lectora o lector de tiempo de Revista Columnas y más en concreto de las letras de quien remite sabrá, con bastante antelación, que no soy nada cercano al pensamiento que caracteriza al Partido Acción Nacional. Si usted ha llegado a estas líneas producto de algún click nuevo se lo aviso desde ahora; no soy panista y no siento ningún tipo de coincidencia con ellos.
Después de esa pequeña explicación (redundante, quizá) podemos entrar en materia. Desde el pasado 10 de septiembre que se aprobó la reforma al Poder Judicial de la Federación en México los medios de comunicación tradicionales y la oposición se han hartado hasta vomitar de repetir el argumento de que ahora Morena no tiene un contrapeso.
Más allá de mi posición personal sobre la reforma aprobada y sobre los presentadores y opinadores de dichos medios de comunicación lo que me atañe hoy es el argumento de que no existen contrapesos en la actualidad. Pensando de manera profunda puedo decir que los Ciros y las Denise Dresser tienen razón; no existen contrapesos.
No importa tanto, ahora, quién tiene razón o no como el descubrir o recapitular cómo es que se llegó a la desaparición de dichos contrapesos institucionales y hago hincapié en el institucional porque es bien cierto que los sectores más a la izquierda de Morena sí existen y sí siguen resistiendo desde los lugares que históricamente han ocupado. Sin embargo, pocos o casi ninguno de esos espacios es institucional.
Para llegar a los tiempos de las lágrimas por los contrapesos tuvimos que transitar antes por un periodo de resistencia, ¿no? Así lo indica el histórico de luchas y de contrapesos. Pues en México no ha sido una realidad. Recuerdo el comienzo de sexenio de Andrés Manuel López Obrador y una discusión que tuve con un familiar bastante cercano sobre lo que se avecinaba democráticamente; recuerdo con claridad haberle dicho que estábamos ante la oportunidad de que quienes no coinciden con la 4T se organizaran y exigieran a la oposición partidista seriedad y buena argumentación, recuerdo haberle dicho que un buen gobierno requiere, siempre, de una buena oposición.
Y es ahí en donde creo que debemos poner el foco; ya hemos exhibido y denostado con bastante profundidad el papel de Alito Moreno como dirigente del PRI y sus lamentables resultados, así como sus múltiples trampas para hacerse con un cacicazgo absoluto en el partido tricolor pero pocos, por no decir nadie, señala al panismo de las consecuencias que la oposición llora hoy.
El panismo, ese panismo que ató al PRI a una coalición en la que cedía la posibilidad de una interna por Coahuila y el Estado de México para que fuera Alito Moreno quien decidiera esas candidaturas a cambio de tener la presidencial y la candidatura por la Ciudad de México en diciembre de 2022. Ese panismo encabezado por Marko Cortés simuló una interna con el PRI en la que bajaron a Beatriz Paredes (sin siquiera decirle a la candidata que ya no era candidata) para terminar dándole la candidatura presidencial a Xóchitl Gálvez.
Ese panismo hoy está a punto de enfrentar su proceso interno de renovación de dirigencia que es una de las elecciones más importantes para Acción Nacional en toda su historia. Por primera vez el PAN se encuentra por encima del PRI de manera absoluta pero se encuenta, de nueva cuenta, por debajo del partido gobernante y convertido en una fuerza marginal.
Algo que no debería preocupar, históricamente, al PAN pues en efecto su fundación, crecimiento y su propia vida han estado exigidas de mantenerse en el juego pese a todo. Pero no es el caso; hoy más que nunca el PAN se encuentra entumido y reducido. Los militantes del PAN de hoy no son Gómez Morín, no son el Maquio Clouthier ni son de ninguna madera que sepa hacer política de fondo ni mucho menos que sean verdaderos demócratas y opositores.
El PAN de hoy va a disputarse entre la corriente del siempre segundón Santiago Creel que nunca ha podido ganar una elección pero que conserva esa vena de la escuela de Fernández de Cevallos y el panismo ochentero que consolidó la posibilidad de un triunfo en el año 2000 o entre el grupo de los denominados ‘Oceans’.
El grupo encabezado por Jorge Romero Herrera se caracteriza por haberse hecho con el dominio de la Alcaldía Benito Juárez en la Ciudad de México pero también por comprar y vender posiciones al interior del partido en la Ciudad y por el denominado Cártel Inmobiliario que es uno de los mayores actos de corrupción que haya visto la capital mexicana en la historia.
Tener que decidir entre un grupo que no sabe ganar elecciones o uno que sabe construir cacicazgos a cualquier precio desnuda el problema de fondo que enfrenta la oposición política en este momento. ¿Cómo construir una agenda o un proyecto alternativo de nación con esas cartas? Por un lado incompetentes, por el otro corruptos; ¿es por eso por lo que la oposición está obligada a votar?
Aquí es en donde cabe preguntarse, ¿es la reforma judicial la que ha matado los contrapesos de Morena? Porque parece, más bien, que los contrapesos caen cuando la oposición política se debate entre ser dirigida por corruptos (del PAN o del PRI) o por incompetentes (del PRD, PRI o PAN). Quizá es momento de ponerle menos atención a Morena y más a lo que sucede en la acera de enfrente (que para algunos es la propia).
Vuelvo y sumo; un buen gobierno requiere de una buena oposición y una buena oposición requiere de gente capaz, honesta y comprometida con causas e ideales que son urgentes para la vida pública de México. Pueden darle las vueltas que quieran pero asuman sus responsabilidades.

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