Está por terminar este sexenio y con ello toca hacer un recuento de los aciertos y errores de la administración saliente. También se debe señalar y seguir vigilando todas aquellas acciones que se pueden perfeccionar para retomar el camino. Hace falta recordar nuevamente la importancia y la mística —como lo llama el presidente— de la inclusión del ‘movimiento’ dentro de la administración pública.
Durante estos seis años, nos acostumbramos a hablar con mayor frecuencia de secretarias, gobernadoras, diputadas y senadoras. Hay que reconocer que, sin Morena como partido que encabezó las mayorías populares y legislativas, esto no hubiera sido posible. Comenzamos a ver también a mujeres portando pañuelos verdes en eventos políticos, funcionarias que abiertamente mostraban estar a favor del derecho a decidir, y otras tantas que se aventuraron a pronunciarse cuando hubo represión contra compañeras feministas.
Vimos también, con mayor frecuencia, mujeres militando abiertamente en un partido, informadas y participando en asambleas, reuniones y debates legislativos. Mujeres de a pie que conversaban entre ellas y, además, hubo un impacto en Internet; uno de los bastiones del obradorismo: las benditas redes sociales, repletas de jóvenes y mujeres decididas a participar, informarse e incluso disentir.
Si algo tenemos que hacer notar es que, por buenas y malas, las mujeres han mostrado a lo largo de este sexenio su opinión. Al parecer, el estatuto de Morena que contempla que es un partido de ‘hombres y mujeres libres’ se intentó materializar lo más posible. Menciono que se intentó porque, efectivamente, no se ha llegado al fin; la inclusión de las mujeres jóvenes no es todo lo que un partido debería hacer.
Morena es actualmente uno de los partidos políticos con mayor impacto en Latinoamérica. Tiene mayoría en las entidades federativas y en las cámaras, además de todo el poder del Ejecutivo Federal. Todos ellos han cumplido con las reglas de paridad de género, en las que la mitad de los candidatos son mujeres y la mitad hombres, buscando con ello no solo cumplir la norma, sino representación; es decir, se busca que, al llegar una mujer al poder, sea ella quien enarbole las exigencias, agravios y dolencias de su género, buscando con esto la famosa ‘paridad’, que los hombres y las mujeres estén representados por igual.
Desafortunadamente, como sucede con frecuencia en los sistemas políticos y económicos, siempre habrá mujeres con mayores posibilidades que otras, y eso es hasta cierto punto ‘aceptable’. El sinsentido de todo esto es que las mujeres que llegan no siempre representan a todas.
Habría que preguntarse si las mujeres que han llegado a las Cámaras, los estados, gabinetes y puestos directivos efectivamente representan a las mujeres de abajo; si efectivamente son o serán mujeres que busquen justicia por las madres solteras, por las mujeres que están buscando a sus hijos e hijas en las montañas. Habrá que ver si esas mujeres mismas están dispuestas a romper los pactos patriarcales de los que también son parte.
Las mujeres al llegar al poder tienen una misión aún más grande. No se trata solamente de llegar y pretender que con eso estén representadas absolutamente todas las mujeres; en realidad, lo que se busca es que se represente al menos a ‘la mayoría’. Entiendo esto como una realidad en la que un gran número de mexicanas están pasando por situaciones de precariedad: siendo madres solteras, doblando turnos, dejando a sus hijos solos o a veces sin trabajar, siendo víctimas de violencias económicas y machistas, lo que las coloca en una posición de desigualdad no solo con los hombres, sino también con aquellas mujeres que se encuentran en esferas políticas y económicas.
El hecho de ser mujer no es sinónimo de compartir las mismas opresiones. Tenemos un sinnúmero de mujeres que viven diariamente una violencia tras otra, y no podríamos siquiera enumerarlas ni hacer una lista de requisitos para ‘sentirnos representadas’ por una o varias mujeres en específico. Lo que sí podemos hacer, incluso por mera estadística, es un análisis de la realidad social femenina, lo cual incluye economía, justicia e incluso formación política.
Las mujeres merecemos también tener acceso a políticas públicas que nos lleven a tener una vida parecida a la de nuestros compañeros, en las que podamos incluso tener tiempo de militar en movimientos y partidos políticos, de poder discutir junto con ellos el futuro de aquellas agrupaciones que pretenden construir un nuevo sistema de gobierno.
Esas políticas públicas que nos permitan ser militantes activas tienen que ser impulsadas por mujeres que conozcan nuestra realidad, que la tengan como eje y que sean capaces de, efectivamente, luchar contra el machismo y el patriarcado desde su trinchera. Aunque exista paridad en las instituciones, deben reconocer que sigue pesando más la voz y las decisiones de los hombres.
La paridad de género es un gran avance, pero ahora tenemos como deuda vigilar que aquellas mujeres que lleguen, lo hagan por y para nosotras. Tenemos que exigir que aquellas mujeres por las que votamos estén ahí para hablar de justicia reproductiva, salud sexual, salarios dignos para mujeres, apoyos para madres solteras, justicia para los niños, niñas y adolescentes que quedan huérfanos después de un feminicidio, y de todas aquellas dolencias que parecen ‘de mujeres’ pero son, en realidad, ese muro que nos impide disfrutar de una vida plena que nos dé tiempo libre para militar y ocuparnos de construir un mejor país, hombro a hombro con nuestros compañeros.

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