Los monstruos ya no están bajo la cama

Una de las tesis más repetidas dentro de la ciencia política contemporánea tiene que ver con el desgaste del sistema de partidos tradicionales; ideas que van desde la idea de la refundación del modelo demócratico (abandonando su parte liberal-capitalista) a la plena idea del fin de la democracia en manos de una radicalización de los individuos dentro de una propia nación.

Este fenómeno no es exclusivo de una región global pues podemos ver la irrupción en el panorama de partidos de ultraderecha en Europa tanto como el movimiento personalista del empresario norteamericano Trump o la presidencia de Milei como parte de este sistema de desgaste.

En la teoría el sistema liberal democrático permitía contener las ultraderechas siendo devoradas por el centro democristiano que si bien era intrínsecamente conservador buscabas principalmente la institucionalidad de su actuar para, con ello, legitimar sus buenas costumbres y su actuar (como los más represivos comúnmente).

Del mismo modo el sistema liberal contenía a las fuerzas de izquierda más profunda (anarquistas y comunistas) permitiendo la participación del movimiento social-demócrata como lo más a la izquierda posible dentro de las reglas del capital. Esta supuesta contención aseguraba, por un lado, que la generación de riquezas del sistema global quedara salvaguardada pero también que la democracia fuera posible sin poner en entredicho el poder del Capital.

Algo sucedió en el mundo cuando irrumpieron en el escenario los gobiernos de la primera ola progresista de latinoamérica; cuando Nestor, Hugo, Evo, Lula, Fidel y Pepe entraron en el panorama internacional con políticas de tinte proteccionista al comercio interno y de justicia social el ‘orden democrático’ se alteró irreversiblemente.

Cuando la palabra ‘populismo’ se implantó en el ideario colectivo la vestidura de la democracia liberal quedó dañada para siempre.Lo que nadie quiso prever durante la década dorada del progresismo latinoamericano fueron los monstruos que quisimos pensar vivirían debajo de la cama para siempre, supusimos que eran apenas unos cuantos bichos que hacían ruido y eran molestos, sí, pero que jamás se nos iban a amotinar con tanta fuerza que nos terminarían comiendo la casa.

Los monstruos que enfrentamos en México desde el 2006, la violencia desbordada, el robo de elecciones y los bastiones de diversos poderes jugándose entre caciques a cambio de impunidad fueron evidentes para quienes aquí habitamos pero creímos que era un fenómeno bastante nuestro, bastante local; no lo es.

Fueron esos mismos monstruos los que le arrebataron la presidencia al kirchnerismo a manos de Macri. Los que permitieron, fomentaron y solventaron el lawfare en contra de Dhilma Roussef; los que más tarde motivaron a Jeanin Añez para dar un golpe de Estado en Bolivia y terminaron llevando a Javier Milei a la presidencia Argentina el año pasado.

El monstruo de la derecha no solo hace ruido, es reactivo y cuando la izquierda comenza a ser devorada por sus contradicciones en el ejercicio del poder y sus disputas dialécticas y políticas internas ese monstruo nos come la casa entera de un bocado.

La recién aprobada reforma al poder judicial en México nos deja ver que ese monstruo que pensamos aplastado en 2018 y 2024 no está bajo la cama; comienza a salir a la luz y, como es natural con este fenómeno, lo hace de una manera reactiva.

Una manera que efervece pero que también permea, que se adueña de los discursos, las consignas y la historia de las izquierdas.

Vimos, la semana pasada una toma del Senado de la república por parte de miembros del poder judicial. Repito, por claridad, POR PARTE DE MIEMBROS DEL PODER JUDICIAL. No son parte de los relegados a los que alicia Karl Marx; tampoco son parte de los ultrajados a los que Bakunin dedicó sus tesis. Son burócratas, son parte del Estado y son un grupo bastante minoritario y que se benefició del régimen democrático liberal que de manera reaccionaria defienden su status quo.

La toma del recinto legislativo es histórica pero no solo por la toma en sí sino por la capacidad de sintetismo que guarda; esta reacción es quizá uno de los principales síntomas que uno puede identificar del cambio de régimen tan anunciado y repetido desde la presidencia.

La frase del fin de una era, el denominar un gobierno bajo el nombre de Transformación se había hecho sentir con las políticas redistributivas pero no había tocado las estructuras orgánicas del Estado, hasta ahora.

La reforma al Poder Judicial, pero, sobre todo, la reacción de sus burócratas nos demuestra que, en efecto, se está llevando a cabo una transformación política en México pero también nos recuerda que es ante esas rupturas históricas y de continuo en donde los monstruos salen de debajo de la cama y se intentan comer la casa.

Estamos en el momento de determinar si somos la casa, el monstruo o la transformación pero algo queda claro; nadie puede no jugar ni no saber a lo que juega, lo único que no se vale es ser papel tapiz ante lo que está sucediendo.


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