Fujimori está muerto

El pasado 11 de septiembre –mismo día en que se conmemora el golpe de Estado en Chile, y la muerte del ex-presidente Salvador Allende– Keiko Fujimori, líder del partido Fuerza Popular, anunció en su cuenta de X (antes Twitter) la muerte de su padre, el ex-dictador peruano Alberto Fujimori, tras una lucha intensa contra el cáncer. Desde su ascenso al poder en 1990, su gobierno se caracterizó por escándalos de corrupción y soborno, además de atentar en contra de los derechos humanos del pueblo peruano, motivo por el que fue apresado en 2007.

La legitimidad de Fujimori creció, sobre todo, con la reestructuración económica que atravesó el país durante su mandato tras la crisis de inflación más prolongada en la historia del Perú. Con vasta ayuda del gobierno estadounidense y la CIA, el autoritarismo fujimorista logró consolidarse como la más grande fuerza política en el país latinoamericano; viciado de un orden oligárquico dominante, la consolidación de una democracia efectiva y funcional ha sido impensable.

Su hija, Keiko Fujimori, ha sido uno de los más grandes ejemplos de ello dentro de la política peruana: tres veces candidata a la presidencia, acusada y procesada por corrupción y delitos electorales, es líder de la agrupación política opositora de los distintos gobiernos diversos al fujimorismo y dueña de una gran parte de los medios de comunicación más influyentes de Perú. 

Aunque la izquierda logró su llegada al poder con el ex-presidente Pedro Castillo, la crisis política en Perú y los estragos del fujimorismo son incuestionables. En menos de un año y medio de gobierno, Castillo fue acusado por el delito de corrupción y de “vacancia por incapacidad moral” (concepto utilizado por legisladores peruanos para inhabilitar presidentes). Tras el intento de disolver al Poder Legislativo –de la misma manera en la que Fujimori obtuvo el poder– Pedro Castillo fue aprehendido y llevado preso, después de varios momentos de golpes de la derecha opositora. 

Con la llegada ilegítima de Dina Boluarte a la presidencia –quien decretó tres días de duelo nacional– y la muerte de “El Chino”, distintos medios y analistas políticos han comentado la posibilidad de una grave fractura del gobierno de la mandataria. ¿Necesita Boluarte dar continuidad al proyecto ideológico fujimorista, o reestructurará sus bases y las configurará como un proyecto único? 


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