Nuestro país ha hecho historia con regímenes autoritarios, represión y matanzas de personas que dieron la vida por defender los derechos de propios y extraños. No hace falta entrar en detalles técnicos sobre la propuesta de la reforma judicial, ni siquiera sobre el contexto político o el cabildeo necesario para obtener la mayoría calificada en las Cámaras.
En los últimos meses hemos sido testigos de personas a favor y en contra de esta reforma, de argumentos legítimos y también de otros que emanan del egoísmo, fanatismo y cuestiones identitarias. Sin embargo, muy pocos se han detenido a exponer casos concretos en los que necesitamos urgente justicia. Ojalá pudiéramos hablar solo de un tema y trabajar en él, mejorar las instituciones implicadas, implementar mecanismos eficientes de rendición de cuentas y agilizar los procesos para que las personas pudiéramos sentirnos satisfechas y, de alguna forma, mejorar la percepción de justicia.
Lo cierto es que vivimos en un país repleto de fosas con cuerpos desconocidos. Despertamos a diario con noticias de un muerto más, de hieleras con restos humanos, de perros que se acercan a ayuntamientos con cabezas en el hocico. Tenemos madres que no tienen más remedio que exponer en redes cuerpos que ellas mismas encuentran, paleando en el desierto, y que piden apoyo para tener un vehículo nuevo que les permita subir a los montes donde buscan a sus hijos. En el camino, se encuentran con los hijos de otras, localizan cadenas, ropa, identificaciones que significan un rayo de esperanza.
He perdido la cuenta de las veces que me he enterado de casos de amigas y conocidas que han sido víctimas de abuso, que no han querido denunciar porque el proceso es largo, porque sienten vergüenza o porque tienen miedo de las represalias. Me desperté ayer viendo que Elena Ríos protestó fuera de Palacio Nacional con un pastel, porque cumplió cinco años de impunidad con un hombre que la roció con ácido y sigue impune.
Un día desperté y me enteré de que Ingrid fue desollada y los medios publicaron imágenes explícitas de su cuerpo. La semana pasada, desperté y vi a niños de Chiapas huyendo a Guatemala porque el crimen ha llegado a sus pueblos y no hay forma de habitarlo; lo mejor es dejarlo todo y buscar nuevos espacios donde vivir.
Los casos de mujeres que están encarceladas y maternan desde los CERESOs siguen existiendo. Hay niños y niñas que nunca han salido a la calle, que solo conocen una celda, en condiciones insalubres y sin espacio de recreación. Además, afuera de esto, no tienen quien los cuide, porque las mujeres suelen ser olvidadas por sus familias cuando pisan la cárcel.
Seguirán matando a mujeres trans por el solo hecho de existir y tendremos que seguir buscando formas de hacernos justicia. Las madres buscadoras no dejarán de caminar, y las mujeres y hombres que han luchado todo este tiempo, aun con miedo, seguirán haciéndolo, pero la verdad es que no lo merecemos.
No nos merecemos despertar día a día pensando en quién será el siguiente. Aún recuerdo cuando desperté con una llamada de un compañero de Michoacán; eran periodistas y se habían pronunciado en varias ocasiones sobre diversos temas. Les estaban persiguiendo y tenían amenazas de muerte; en la radio local pidieron auxilio y manifestaron que no desistirían de su lucha. Al poco tiempo, lo asesinaron.
Me gustaría que este texto intentara mitigar el coraje o el dolor, pero sinceramente es lo que busco: que caigamos en cuenta de las crueldades que vivimos día a día, del sistema de injusticia en el que estamos inmersos, con funcionarios, autoridades y gobernantes ineficientes que no se conmueven con el dolor humano o que ni siquiera lo perciben, que tienen otras prioridades, pero que en ninguna de ellas está nuestro bienestar.
La reforma judicial podría incluir a las fiscalías, a esas que fabrican delitos y que están más preocupadas en cubrir números de detenciones que en realizar investigaciones correctas y cumplir con el famoso «bien jurídico tutelado» que conocemos los abogados. También podría trabajar en conjunto con los poderes judiciales locales y procurar que los jueces realicen correctamente su trabajo, que no vinculen a proceso a personas que han sido torturadas o detenidas arbitrariamente por la policía.
Desearía que un día las madres buscadoras contaran con mecanismos eficientes que les ayuden a encontrar a sus hijos. Ojalá la mamá de Ángel pudiera recibir ayuda del gobierno para reunirse de nuevo con él; quedaron de desayunar y nunca llegó.
Ojalá no sintiera culpa e impotencia por no haber podido ayudar a mis amigos de Michoacán, quienes tuvieron miedo y fueron amenazados de muerte. No supe qué hacer, no supe cómo actuar, y un día solo me enteré de que uno de ellos ya no estaría más. Ojalá no tuviéramos que luchar por la vida y sentir frustración por no poder hacer algo que no está en nuestras manos.
Si la reforma judicial contemplara un trabajo conjunto de todas las instituciones relacionadas con el ejercicio de justicia, podríamos mejorar gradualmente. La elección popular de jueces, ministros y magistrados sería ideal si no contáramos con todo un entramado de órganos y funcionarios que impiden su eficacia. Se podrían realizar tareas conjuntas para dar a conocer qué y cómo actúa cada quien en el ejercicio de justicia, qué papel juegan y cómo puede mejorarse.
Lo cierto es que estamos partiendo de un país en llamas, repleto de injusticias en todos los espacios, y la reforma judicial no evita ni anula el dolor y enojo que emanan de ellas. Ni siquiera se acerca a la intención de mejorar; solo ha hecho que los abogados comiencen a organizarse, lo cual no es de menospreciar, pero no es la prioridad cuando hablamos de un sistema fallido que ni siquiera les atañe a ellos en esta ocasión.
Si la reforma contemplara a las fiscalías, los ministerios públicos, la policía y la relación con los poderes locales, podríamos estar al menos un poco más cerca de entregar justicia a todas esas personas que son víctimas directas e indirectas del actuar arbitrario de las policías. Tal vez las mamás podrían estar más tranquilas, teniendo auxilio psicológico y apoyo para lograr la localización de sus hijos; no tendríamos mujeres protestando fuera de Palacio Nacional porque han sido víctimas de tentativa de feminicidio, ni periodistas temiendo por su vida. Tal vez, si la reforma judicial contemplara tareas conjuntas y rendición de cuentas por parte de las fiscalías, mi tío no hubiera muerto esperando una sentencia por un delito que no cometió.

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